Ayer improvisaba una poesía,
conduciendo.
Improvisaba sobre los brillos,
sobre las miradas,
sobre lo poco que me queda de ser pelo
moreno
y
lo mucho que me falta para ser rosa.
Y sé lo que digo.
De noche,
dejando la luna a mi izquierda.
Dejando a la luna a mi derecha,
a la que sabe que es a ella,
dentro de su propia locura,
dentro de la brecha que me deja.
Y tras la luna a mis costados
partí la noche, llena de simbolismos,
y sin rima, desconsolado,
y orgulloso de mi mismo,
con una rosa destrozada en un bolsillo
dejé a la luna
y me dejo con un pétalo como un
castigo,
que era mis manos, mi alma, mis sueños,
otra vez mi mismo.
La luna se escondió peldaño arriba
y yo, sin luna y sin pecado
marché a mi sitio, mis pesadillas y mis
pedazos.
Cuando la vea será de noche, de nuevo,
y será luna, como seré sincero,
y se marchará como siempre
porque no hay luna que me valga ahora,
que me arrope, que me intente,
que me sienta, que me acontezca,
que simplemente me mire,
y que me no me vea como el pelo que no
soy más,
que no soy menos,
que no tengo más tijeras que las que
están rojas,
y la luna, por más teñida ,
sigue en el cielo.
Ricardo Villegas. 21/12/96 (22h17)
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